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Críticas

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Django desencadenado

18.01.2013

Llega un cineasta libre y salvaje: Tarantino rebasa las fronteras del western

django desencadenado

Hasta que llegó su hora, tarantinianos todos, nos relamíamos sólo de pensar en la que iba a liar el chico que creció en un videoclub cuando abordase por fin su homenaje al western. Como todos llevamos un seleccionador dentro, alineábamos escenas, rescatábamos títulos, repasábamos diálogos y tiroteos. A la expectativa del sello Tarantino, le añadíamos también la esperanza por recuperar un género al que han matado más veces que al gitano Antón. Salir indemne de tamaña empresa con nota, ofrecer más de 160 minutos de gozosa cinefilia transformada en un calorífico alimento para cazarrecompensas del séptimo arte, deja también la constancia de que aquí no sólo hay un esclavo manumitido: el otro liberado del filme es el propio cineasta, que, desatado, pasa olímpicamente de la responsabilidad que le atribuíamos para presentarse tan libre como siempre. Ése es el primer mérito de un realizador que hasta la ocasión nunca ha defraudado. Tarantino desencadenado.  

La libertad plena no conoce medias tintas y corrobora el cliché de Tarantino como mejor guionista que director. La muerte en 2010 de Sally Menke, la montadora de sus películas, acrecienta la sensación de que le falta tijera a partes del filme, en especial esa cena con un contundente DiCaprio, que acaba por perder parte de la fuerza que posee. Maestro en mantener la tensión de las situaciones y llevarla hasta fronteras inexploradas, desconcertantes, Tarantino vuelve a imponer la mezcla de las varias texturas del Oeste para así superarlo y derivar en el ya autoproclamado southern, con surtidas referencias, desde Dos cabalgan juntos y Duelo en la alta sierra a Kunta Kinte, pasando por Norte y Sur, con Leone, Corbucci y el arte de usar el zoom en el desierto de Tabernas siempre en mente. Por haber, hay guiños incluso al Griffith de El nacimiento de una nación, con un magistral momento Ku Klux Klan que confirma que si hay un supergénero que unifica los picos de la obra completa de Tarantino ése es, definitivamente, la comedia.

Lo irregular no quita lo valiente y, a pesar de echar de menos el ataúd piñata del Django original, del que sacamos, neto, un cameo de Franco Nero, encontramos más sorpresas aún fuera de los límites del western: una extraña amistad interracial, ecos de mitología alemana con Nibelungos y Sigfrido en pos de su amada, lecciones de vergüenza histórica norteamericana y la ración de sangre del equipo médico habitual salpicando los campos de algodón. Hay tanto, que es imposible aburrirse. Sin embargo, unas dudas finales en el camino de Django hacen elevarse por encima de la venganza una pregunta retórica que acaba retumbando más fuerte que el eco de las balas en una mansión destinada a extinguirse: ¿por qué los que sufren la injusticia no se alzan contra los explotadores y los matan a todos?

 

VEREDICTO:  Pura proteína cinéfila, Tarantino nunca decepciona.

CARLOS MARAÑÓN

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