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Críticas

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La vida de Pi

30.11.2012

Una deslumbrante fantasía que nos invita a creer en la existencia de Dios.

la vida de pi

Buena parte de la novela en la que La vida de Pi se basa posee prolongadas discusiones filosóficas y permanece anclada en un escenario extremadamente minimalista. En otras palabras, propone un tipo de concepto que el medio literario hasta agradece pero que resulta peliagudo trasladar a la pantalla.

En todo caso, por el modo en que siempre ha jugado con las fronteras entre lo realista y lo fantasioso y entre el materialismo y la espiritualidad, tiene sentido que, después de que este proyecto fuera de director en director, el encargado de materializarlo fuera finalmente Ang Lee, un cineasta que, además, huye tanto de la ironía y la condescendencia como de impostados excesos de sentimiento o gravedad. Como su modelo, la película resultante concentra toda su carga significativa –es a la vez relato de iniciación, meditación sobre la naturaleza y el sentido de la fe y ejercicio autorreflexivo acerca de las limitaciones de la narratividad– en el persistente intento de un hombre de reconciliar sus tendencias espirituales con una comprensión de la condición inherentemente caótica tanto de la Naturaleza como de su propia naturaleza. En ese sentido, el tigre que acompaña a Pi durante su periplo puede funcionar como una manifestación de una lucha más trascendente del joven contra sus propios demonios y para mantener su lugar en un mundo traicionero en el que los peligros acechan. Es, en pocas palabras, un sustituto de cualquier mal o dolor con el que el hombre debe aprender a convivir, y al menos hasta penúltimo momento Lee lleva a cabo la analogía con delicadeza y mucha astucia: despojado de todas sus pertenencias, sometido a tentaciones casi fatales, Pi protagoniza un viaje eminentemente humanista que invita a personas de toda condición espiritual a obtener una parábola a su medida.

No es hasta el tercer acto que La vida de Pi se pone especialmente religiosa, no sólo porque la salvación del héroe confirma que Dios está allí, arriba, recompensando su paciencia, sino porque todo eso es verbalizado cuando el Pi adulto relata una versión alternativa de la historia cuyas revelaciones serán o no impactantes, pero en todo caso introducen algunas consideraciones de peso acerca de los acontecimientos precedentes y también de la naturaleza de fábulas religiosas. La presunción de la película es que la historia de Pi hará a su interlocutor –y, por extensión, a nosotros– “creer en Dios”, así que la representación que Lee hace de ella debe cautivar al espectador. Y en efecto lo hace. Quizá no sea capaz de abrir un diálogo que impulse al espectador reticente a la existencia de Dios a cuestionarse sus nociones preconcebidas de fe, pero sí logra impulsar al espectador reticente a la imaginería generada por ordenador y al 3D a creer en la capacidad conmovedora del cine entendido como puro espectáculo visual. Historia sobre la necesidad de creer en un poder más elevado, La vida de Pi restaura por encima de todo nuestra creencia en el poder de la fantasía cinematográfica. 

VEREDICTO: Funciona mejor como espectáculo visual que espiritual.

NANDO SALVÁ

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