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Críticas

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Los amantes pasajeros

08.03.2013

Almodóvar nos invita a un fiestón loco para celebrar su vuelta a la comedia

los amantes pasajeros

De Madrid al cielo. Desde la terraza gazpachera de Mujeres al borde de un ataque de nervios a esta aeronave en celo que redirige la ruta de Pedro Almodóvar hacia el género que lo encumbró. El tan traído y llevado regreso de Almodóvar a la comedia (¿La abandonó realmente? ¿No están sus últimos melodramas –el culo y la gracia de Pé en Volver, Carmen Machi y la lectura de labios en Los abrazos rotos, el tigre brasileño de La piel que habito– plagados de –brillantes– momentos cómicos?) empezaba a sonar a tabú, se nos hacía bola esperando y apareció incluso el miedo: ha pasado mucho tiempo, nosotros ya no somos los mismos y Almodóvar, tampoco; acechaba la duda de cómo mantener cineasta y espectador el vínculo que nos unió para siempre; surgió el recelo a que el maestro no recupere el pulso de una película cómica de principio a fin. Pero justo así, de retruque, Los amantes pasajeros se eleva y convierte en una perfecta película contra el miedo.

Conviene avisar, pongan aquí gestos de azafata de cabina, que este vuelo, literal y metafóricamente, no va a ninguna parte. Y para bien. Vuela alegremente en círculos sin mayor pretensión que la de desbarrar, darse una alegría al cuerpo y echar de menos los buenos tiempos huyendo hacia adelante. No es poco. Y más en estos días. De hecho, como concepto, Almodóvar deshoja la margarita entre el Miedo a volar de Erica Jong y el Miedo a la libertad de Erich Fromm, para acabar dando sopas con honda a los dos superando incluso el miedo a vivir. Desprejuiciados, disfrutamos más del pasaje. Liberados, personajes y autor, contagian a un espectador que podría comenzar la película asustado, por los prejuicios, y por una escena inicial con calzador entre Penélope Cruz y Banderas. Star System de 2013 a lo Aeropuerto 77. Tras un despegue complicado, el poder cómico de la pluma toma los mandos. Pero lo que aparenta la impostura clásica de las tópicas locas que han hecho carrera en pantalla acaba sublimando en salto mortal, haciendo equilibrio imposible entre el kitsch trasnochado y la genialidad. Almodóvar carga tanto la suerte que estalla la locura. Un fiestón donde la terna Cámara-Areces-Arévalo (ni el Bosé de Tacones...  ni los Bardem y cía. de Carne trémula: éstos sí son los auténticos Chicos Almodóvar, tres personajes para la historia del cine español) se adueña del espacio cerrado y son los verdaderos artífices de que ahí arriba pueda pasar de todo. De todo.

No obstante la locura, Almodóvar se mueve comodísimo entre soluciones de la mejor comedia clásica, algo que acaba congeniando con ese crescendo de alcohol, pastillas y sexo: las llamadas con altavoz, el glorioso desvarío musical, el embrollo de personajes encerrados en un único espacio, el final conforme a los cánones… El juego entre lo clásico y lo irreal lleva la comedia a un lugar suspendido, no sólo en el aire, sino en un tiempo que homenajea a los 80 y entronca con el absurdo real de la corrupción de nuestros días. En este paréntesis en las vidas de los protagonistas (y tal vez en la carrera del cineasta), Almodóvar se está dando un respiro para invitarnos a todos a irnos de juerga para olvidar la que está cayendo. La duda es si al despertarnos, Pedro incluido, vamos a acordarnos de algo. ¿Importa eso?


VEREDICTO: La mejor tripulación del cine español: Cámara-Areces-Arévalo.

CARLOS MARAÑÓN

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