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Críticas

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Oz. Un mundo de fantasía

08.03.2013

Sam Raimi aprueba las asignaturas de 'spin-off' y precuela, pero necesita recuperar la magia

oz un mundo de fantasia

Contar una historia nueva sin que se note que se reescribe la Historia. O lo que es lo mismo, un plan para convencer a los espectadores de que es natural que al comienzo de Oz: Un mundo de fantasía aparezca el palacio de La bella durmiente y no ese león rugidor (y nada cobarde) de la Metro-Goldwyn-Mayer. Traer de vuelta al reino de Oz a niños que nunca lo visitaron, descubrir el origen de un lugar que cuando nació ya estaba allí, y, más difícil, construir esta nueva historia a partir de flecos sin –cuestiones legales lo impiden– chapines de rubíes ni canciones. Y a ser posible, que encaje en una hipotética trilogía estética comenzada por Tim Burton con Alicia en el país de las las maravillas. Sr. Raimi, esto que le cayó en sus manos no es un encargo, es un marronazo.

Pues así, entre la precuela y el spin-off, la fidelidad aparente a El mago de Oz y la deuda tecnológica con Avatar, la nueva película de Raimi lidia con la tarea imposible de rendir culto a un clásico y pervertirlo cada vez que tiene oportunidad. El comienzo es, como en el original, en blanco y negro, con el marco cuadrado que recuperaba Blancanieves, cuando arranca contando la patética existencia de un mago (James Franco) que tiene más de tramposo que de ilusionista. Sin embargo, está rodado en formato estereoscópico y los objetos se salen de los márgenes, como si no pudiera contenerse las ganas de demostrar que está hecha en 2013 y no en 1939.

Huracán mediante, ya transportados a Oz, con Franco derrochando muecas –unas encantan, las otras recuerdan al fantasma de los pasados Oscar–, es el momento de poner a trabajar a los ordenadores. Donde había hombres con la cara pintada de plata y disfraces de carnaval ahora hay personajes generados por ordenador, que se posan sobre hombros reales pero que no tienen la confianza para codearse con los actores de carne y hueso de la película. Caminan por baldosas amarillas, pero no dejan huella a pesar de su impecable factura.

Algo parecido les pasa a las tres brujas, que las creíamos divididas entre malas y buenas, pero aquí son sobre todo regulares. A Rachel Weisz hay que agradecerle que por lo menos parece estar divirtiéndose bastante. Probablemente Michelle Williams poco más podía hacer que salir mona, pero a Mila Kunis habría que exigirle mucho más. No dice mucho a su favor que su gran momento de la película tenga más que ver con el maquillaje que con su interpretación.

Y sin embargo, lo que podría ser una decepción por una concepción tan rutinaria de la aventura-cuento para todos los públicos -como le pasa a Jack el caza gigantes, le deja a una algo parecido a la sempiterna sonrisilla boba de este mago egoísta y farsante, más fascinado por la ciencia que por la magia. Que si un cameo de espantapájaros por aquí, ahora un chiste con las verrugas y las escobas de las brujas, luego un número musical con enanos interrumpido por la intolerancia al género de Franco… El caso es que con una fauna y una flora tan espectacular y entrañable, ¿quién no disfruta de un regreso a Oz?

VEREDICTO: Mejor cuando camina por las baldosas amarillas que cuando sigue a la Alicia de Tim Burton.

MANUEL PIÑÓN

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