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Críticas

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También la lluvia

05.01.2011

Bollaín se moja y conquista de nuevo el cine social

tambien la lluvia

Hay dos películas en También la lluvia. Pero eso no es ningún secreto. Menudo crítico de pacotilla. Todas las evidencias invitan al reconocimiento de dos filmes diferentes dentro del mismo: una película sobre un rodaje (al estilo Herzog en Fitzcarraldo) más otra película sobre El Descubrimiento dentro de sus perímetros menos gloriosos, menos hagiográficos hacia Colón y la Conquista. Más progres, vaya.
Sin embargo, debajo de esta propuesta formal, interesante, atrevida y ciertamente práctica (funcionan las escenas históricas, hacen avanzar doblemente la acción, integradas en el todo, no como entremeses en una función medieval, sino como los números de un buen musical) se ocultan otras dos películas, que se entremezclan con las anteriores y también entre sí, de forma muy natural. Esa mixtura perfecta, esa manera de engarzarse varias películas en una sola (y por el mismo precio) es el gran logro de una obra que, si bien no va a descubrirnos América, ni a revelar una realidad social, cultural o histórica inédita, sí acaba por resultar perfecta en su construcción, no sólo estructural, sino también idiosincrática: fiel a su esencia de híbrido, al reunir texturas para contar una historia, la película muestra la única respuesta válida ante la América que descubrieron aquellos españoles viciosos: la mezcla, el concepto de mestizaje, tan interesante históricamente como coherente en la dualidad del filme.
Así, por un lado, Paul Laverty, guionista del filme, colaborador habitual de Ken Loach (desde Tierra y libertad y La canción de Carla, dos filmes que bien agitados entre sí nos acercan hasta este comprometido –en su doble significado– rodaje en Bolivia) y compañero de fatigas de Bollain, sabe poner el tono social en su justa medida, aunque los paralelismos de la colonización de Hollywood hacia nuestro cine sean excesivos. Por el otro, Bollain, la directora, en su primera película no escrita por ella misma (un asterisco: el filme debe parte de su éxito al perfecto matrimonio entre texto e imagen), cuida la estética más allá del tópico de desastrado que arrastra Loach en sus filmes, como en la espléndida escena de la cruz por los aires, bien trasladada desde La dolce vita para coronar el desconcierto vital que deja siempre el cine dentro del cine. Bollain completa su aportación al texto con su sensibilidad para moldear a los personajes a través de sus actores. Jamás los abandonaría, ni los reduciría a meros discursos. Los hace pensar, y ella misma lo hace: ¿hay cosas más importantes que una película?
El reparto de También la lluvia también juega a combinar, a encontrar la mezcla perfecta entre consagrados a la altura universal de Tosar (genial, vuelve a ser excepcionalmente humano tras su mítico Malamadre) y el entusiasta Gael García Bernal, pesos medios de prestigio como Elejalde y Arévalo, y actores no profesionales como Juan Carlos Aduviri, sensacional en la réplica a la dignidad indígena frente a los abusos del capital travestido de progreso, esa excusa de Bollain y Laverty para quitar a nuestro cine la espina del género social, recluido en la barriada. El tándem funciona y se moja en un agua convertida en un clásico de los macguffin postHitchcock. El abastecimiento de la población, como en Chinatown, como en Erin Brockovich, es otra buena excusa cinéfila. El agua es nuestra, pero ellos, los que nunca quisieron mezclarse, lo quieren todo. Ni la lluvia está libre del pecado original de los conquistadores.

 

Carlos Marañón

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