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Miércoles, 23 de Mayo de 2012
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Críticas

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Another Year

14.10.2011

Mike Leigh consigue su obra más precisa, la más limpia y depurada, casi una aproximación a la obra de Chéjov.

another year

Al fin lo ha conseguido. Con Another Year Mike Leigh ha completado algo que sospecho perseguía desde hace tiempo: su mejor y más conmovedora aproximación a Chéjov, a sus mundos expresivos, a la calma de sus días de campo, a ese tiempo narrativo en apariencia inerte pero implacable. A través de las cuatro estaciones, de sus colores, ritmos y esencias divergentes, Leigh, incansable cronista de la infelicidad humana, teje un microcosmos dramático habitado por sus personajes de siempre, seres al límite de sus casillas, con tendencias depresivas, tocados por el infortunio. Se trata de un encuentro de hombres y mujeres a la vez felices e infelices cuyos caracteres chocan y se complementan como en un puzle de piezas ariscas. El personaje de Mary, epicentro de la acción y cúmulo de neuras, histerismo y patética debilidad, parece sacado de Todo o nada, mientras que la estrafalaria y optimista Katie se diría una sosias de la protagonista de Happy, una historia sobre la felicidad. Así, a modo de acopio de sus logros anteriores pero con una limpieza de estilo, una depuración visual hasta ahora insólita, Leigh nos sirve una historia de largos planos y fundidos a negro, una honda reflexión sobre el pasado, sobre gente que prefiere ser de Elvis y Jerry Lee Lewis antes que de los Beatles.

Se tiende a acusarle de cebarse con sus personajes, de regocijarse en su dolor y sus miserias. No creo que sea ésta su mirada. Tampoco aquí. Si bien lleva al extremo de lo realista la famosa épica del fracaso hustoninana, cosa que puede crispar lo suyo al espectador, Leigh pone la cámara a la altura de sus ojos, jamás se encarniza con ellos. El ejemplo más claro son Jim Broadbent y Ruth Sheen, que forman un encantador matrimonio chéjoviano, cómodamente instalados en el otoño de su vida e inyectados de una total paz existencial. Primavera, verano, otoño e invierno fluyen por su interior como un riachuelo de agua helada que cruza un barrio de Londres, una casa de campo, un frío ambulatorio y una mesa recién puesta. Entonces, cuando el metraje toca a su fin, filma a dos personas que se miran y callan mientras los otros charlan. El plano se cierra y brota el silencio. Un final extraordinario. Un regalo.

TONI VALL

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