Cuando un éxito se convierte en una franquicia hay dos opciones: intentar aumentar la calidad y los alicientes de cada entrega u optar por repetir la fórmula hasta que el público muera de aburrimiento. Alvin y las ardillas 3 no sólo es más de lo mismo: sino que todo es mucho peor. Salvo por la novedad de tener como escenario un crucero de lujo y una isla desierta, estamos ante un subproducto que parece facturado para el mercado doméstico. Los gags son de preescolar, los humanos tontos de remate y las ardillas pierden su gracia a los cinco minutos. Verlas cantar y bailar durante dos horas habría sido mucho más divertido.
DAVID BERNAL
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