Un hierro clavado en el cogote, eso tiene que doler por mucha filosofía con la que te lo tomes. Álex de la Iglesia sabe bastante sobre forzar la sonrisa en situaciones en las que uno preferiría aullar de sufrimiento o retorcerse en el suelo. Será quizá por eso que nos haya acostumbrado a presentar sus demonios personales como payasos con tara. Alejado por segunda vez en su carrera de la comedia –Perdita Durango, un incomprendido road thriller–, en La chispa de la vida hay motivos para la predisposición a la carcajada, por el bagaje del director y su elección para el papel protagonista del humorista José Mota. Sin embargo, una vez que el desencantado parado lemmoniano de la película queda trinchado, sólo hay lugar para alguna risa nerviosa.
¿Tan incómoda es la historia? Metiéndose –sin hierro mediante– en la cabeza de Álex uno puede vislumbrar los referentes (más Wilder que Azcona), los males que apunta (medios de comunicación sensacionalistas, público ávido de carnaza, políticos corruptos) y la voluntad de hacer un ejercicio de honestidad. Con todo eso identificado, sin embargo, no se puede obviar el trazo grueso y poco inspirado de los principales elementos de la película. Siendo casi un retablo coral, en La chispa de la vida no es que haya malas interpretaciones –Mota no ha dado con su El show de Truman, pero cumple–; no hay ni dos actores que parezcan estar en la misma película.
No sé si es el tono, el planteamiento, la estética –la más fea y anodina de su filmografía– o directamente la historia, pero hay algo que hace que el genio del director no carbure. ¿Por qué te tuviste que poner tan serio, Álex?
MANUEL PIÑÓN
1 comentario
franglez 14.01.2012 / 23:46 ¿¿¿"Alejado por segunda vez en su carrera de la comedia"?? Dónde estaba la comedia en "Balada triste de trompeta????