Cual molesto sistema inmunitario, de un tiempo a esta parte mi organismo viene segregando unos anticuerpos que han generado una patológica intolerancia a las películas con niño problemático, satánico, traumatizado, consentido, marginado o superdotado. No puedo con ellas –o con la mayoría– por culpa de sus guiones, por norma general repetitivos, babosos, increíbles o ineptos. Acuciado por esta misteriosa y, lo reconozco, arbitraria alergia, me enfrento a Tenemos que hablar de Kevin con la ausencia de prejuicios que la labor de crítico exige. Máxime tratándose de la adaptación de un libro que no he leído pero cuyas excelentes críticas hacen que la expectativa sea razonablemente alta. Y no. Me encuentro con un relato bizarro e histérico que a ratos quiere acercarse al cine de Solondz pero sólo consigue metamorfosearse con las pelis más insoportables de Aronofsky. Empieza la cosa con Tilda Swinton sumergida en la Tomatina de Bunyol y conviviendo con extrañas alucinaciones mientras se combinan dos tiempos narrativos y todo se le antoja a uno caprichoso y cansino. Swinton es una actriz excelente que aguanta sobre sus espaldas la pesada rémora de una película gratuitamente crispada y con una historia de dramatismo cargante, con personajes tan incomprensibles como el de John C. Reilly, el típico padre que no se entera de nada y cree que la madre está loca. Ya digo, tendré que hacérmelo mirar.
TONI VALL
2 comentarios
CODY JARRET 20.03.2012 / 22:10 Culpa y maldad. Más en mi blog http://lacomunidad.elpais.com/codyjarret/2012/3/20/tenemos-hablar-kevin-2011-lynne-ramsay
Blancafont 19.03.2012 / 22:48 La primera escena de esta película trascurre, por lo que todas las señales parecen indicar, en la tomatina de Buñol (Valencia), en lo que no es, para nada un preludio introductorio de lo que vamos a ver a continuación. Es una historia contada de forma un tanto extraña, no apta para los impacientes, con una selección musical que no está relacionada para nada con el humor general de la cinta, pero todo en conjunto parece funcionar. Su directora y guionista Lynne Ramsay no se centra tanto en la personalidad de Kevin sino en los esfuerzos que su madre, una impresionante Tiloda Swinton, hace para comunicarse con él, llegar a entenderle, saber cómo funciona su enferma mente. Es una historia macabra, esquizofrénica, el vía crucis de una madre que da a luz a un pequeño monstruo, que con el tiempo se va haciendo grande y las monstruosidades se agrandan con él. La relación que tiene con su hijo es enfermiza, desafiante y, ya desde una primera escena, desenfocada e hipnótica sabemos que el desenlace no traerá nada bueno, aunque siempre está la esperanza. Para que luego digan que no existen niños difíciles, solo educación inadecuada, que puede que en este caso tenga mucho que ver, el no tratar el problema de raíz, cuando aparece, dejarlo a ver si se pasa con el tiempo, hasta que es demasiado tarde y no hay remedio alguno. Y así, vecinos y conciudadanos echan la culpa a la creadora del monstruo, haciendo de su vida un infierno por haberle creado. Película muy dura, llena de flashbacks y desenfoques, con una banda sonora muy original y muy buenas interpretaciones, aunque no apto para público sensible.