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Críticas

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Ira de Titanes

30.03.2012

Nunca te fíes de los dioses: hacen secuelas, devoran a sus hijos y se ríen de la crisis griega.

ira de titanes

Hubo un tiempo en que comparábamos las segundas partes con la película original. Como aquéllas siempre eran peores, acabábamos reivindicando El padrino II en tono lastimero como excepción al refranero español, tan a mano como de costumbre. Hoy en día todo este teatrillo ya no es posible, porque las películas susceptibles de tener secuelas nacen marcadas: son franquicias y como tales encierran el espíritu de la secuela (y no está de más aquí utilizar el significado médico de la palabra) en su adn. Quizá porque saben que hoy en cuanto sales a la calle cualquiera puede montarte una precuela y convertirte automáticamente en secuela.

No termina aquí la enfermedad de esta franquicia, herida de un colosalismo tremendista con alumnosis por todas partes. Un colosalismo, sin embargo, que en esta segunda entrega encuentra un hábitat menos… cómo decirlo… menos metacrilático, menos hortera. Si la duda es si Ira de Titanes es mejor que Furia de Titanes (tampoco es decir mucho), habría que apuntar que sí, que tal vez. Es una cuestión de matices. Y el más grande estriba en que los dioses griegos lucen mucho mejor a oscuras, bajo tierra, dándose cera, que en su corte celestial debatiendo sobre el sexo de los titanes.

Después de acabar con el Kraken, un Sam Worthington con un hijo a cuestas y cara de estar mejor en cualquier otro lugar recibe otra misión más peliaguda de su padre, ese Zeus de Liam Neeson que tiene pinta de Moisés y ganas locas de montar una huelga general en el Olimpo. La producción ha puesto el turbo y en lugar de tomar la vía del ‘menos es más’ para diferenciar al detalle la Ira de la Furia, ha multiplicado el ruido (no en vano el director, Jonathan Liebesman, viene de La matanza de Texas: El origen y va camino del remake de Las tortugas Ninja). Así ha logrado, sin embargo, lo mejor de la película, aparte de la capacidad de Rosamund Pike de parecer recién salida de un cóctel: un enemigo a la altura de semejante barullo. Cronos, el dios primigenio, mezcla de roca y fuego, en una sensacional estampa goyesca que, como en los óleos El coloso y Saturno devorando a un hijo, pone patas arriba lo que hasta entonces continúa siendo un culebrón y demuestra sin querer que la familia siempre te arrastra al infierno. Un ‘no va más’ con toda la barba.

Todo este galimatías perogrullesco y consanguíneo sirve a la postre para demostrar cuatro cosas: que el ahorro todavía no ha atacado a los grandes estudios igual de fuerte que a los gobiernos, que la crisis de la originalidad ha acabado atacando incluso al origen de nuestra cultura, que quizá Grecia no esté tan mal como pensamos y que en época de crisis hasta las segundas partes suelen ser mejores que las primeras.

CARLOS MARAÑÓN

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