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Críticas

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Casa de tolerancia

24.08.2012

Mujeres como dios las trajo al mundo, parafilias sexuales… y no, no es una película de Nacho Vidal.

casa de tolerancia

Lo intentamos de cañas con los amigotes, en el final de las comidas familiares buscando iluminación en el carajillo… pero nada: la mayor parte de hombres somos unos incompetentes al verbalizar el misterio femenino. De repente llega este señor, de nombre Bertran Bonello, incomprensiblemente inédito en nuestro país, y nos lo descubre sin tapujos. L’Apollonide –su título original en francés– es el nombre de un prostíbulo de buena nota parisino, tal vez del último, a finales del siglo XIX. En la calle, un tal Baudelaire hace años que dignificó a las prostitutas callejeras en sus versos (“como diosa camina / reposa cual sultana”), pero eso ellas no lo saben. Las meretrices viven, sueñan, comen, enferman entre las claustrofóbicas paredes del burdel. Su único contacto con el exterior es la adinerada clientela que cada noche rocía el terciopelo de los divanes con esperma y champán. Se establece así una dicotomía fuera-dentro, penetrador-penetrada (con perdón): ellos, hablando del Caso Dreyfuss, de los perfumes de Lanvin, del nacimiento del folletín de ciencia-ficción, de un mundo que acaba y otro que empieza, mientras ellas permanecen fieles al esplín, eso que Baudelaire (otra vez), definió como “un inmenso desánimo, una sensación de aislamiento insoportable, una ausencia total de deseos, una imposibilidad de encontrar cualquier diversión”. Un diálogo imposible entre clientes que dicen amarlas, pero que solo las desean como simples objetos, autómatas al servicio de sus placeres. Incomunicación que tiene su punto álgido en el que, sin duda alguna, será uno de los planos más turbadores del año: los lagrimones de semen que escapan de los ojos de una de las inquilinas. De planificación y ambientación exquisitas y rompedoras, a la manera de un Peter Watkins o Raoul Ruiz (¡palabras mayores!), con la referencia obvia de los tableaux vivants, de una sensibilidad más epidérmica que carnal, las relaciones entre sexos finiseculares revelan una realidad turbadora: compren una revista erótica; mejor aún: compren una revista femenina. Descubrirán, descorazonadoramente, que aunque haya derribado las puertas de Casa de tolerancia, la mujer sigue siendo considerada un maniquí sin alma ni sentimientos. Nada ha cambiado. 

 

VEREDICTO: Irse de putas nunca había resultado tan intelectual.

RUBÉN ROMERO

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