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Críticas

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17.04.2009

LA MEJOR PELÍCULA DE TERROR DEL AÑO ES SUECA Y OCHENTERA. Y NO SALE OLOF PALME

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Carlos Marañón

NO SOMOS SUECOS, por desgracia para nuestros derechos sociales, pero consuela saber que ellos también sufrieron los 80. Esa década fue terrorífi ca en todas partes. Estéticamente, al menos, menos. Ahora imagina aquellos pelos, aquellas hombreras y los teclados de Depeche Mode con nueve meses de nieve al año y menos horas de Sol que en cualquier cripta de Transilvania. Por no hablar de un presidente asesinado (Olof Palme) cuando salía del… cine. Si a Coppola le sacamos del ostracismo durante un tiempo (luego fue imposible perdonarle por Jack) por convencernos de que fue el primero (¡Ja!) en pensar en Drácula en el cine como un tipo infeliz pero encantador, ¿qué se merece Tomas Alfredson? Apoyado en la novela de John Ajvide Lindqvist, ha dado otra vuelta de tuerca al género de terror, subgénero vampiros, estantería adolescente, balda europea: no sólo por pensar en una película con chavalería que no tiene nada de infantil, sino por ensamblar en la aparente normalidad de un cuento de barriada el estigma del vampiro, con toda su carga sangrienta y ese lado romántico del terror que había quedado noqueado por el cine moderno, sobrepasado y abotargado por el poder de la adrenalina. Esta es una revolución social al modo escandinavo, como si un Estado entero asegurase la seriedad del filme, frente a la apoteosis del susto (aunque sea con tino como sucede en [REC]), del sexo y de la broma (bien contada como en True Blood) que llena el terror erótico y el horror decibélico de Hollywood. Es como si los colegas de Stand By Me fuesen de excursión a Laponia y ocultasen a un colega chupasangre. Cuestión de necesidad: de beber sangre y de contar una historia. Lo que había no bastaba para un relato en el que fluyese una historia de incomunicación en el barrio y en la escuela, con toques de bullying, pero que además sangrara de miedo y de un amor tan eterno (y curioso) como el de la leyenda de Drácula. Y todo gracias al horror cotidiano, casi vigalondiano. Como si una madre con la zapatilla en la mano se hubiese convertido en el perseguidor de El diablo sobre ruedas. Como si Alfredson hubiese entendido que llegar a fin de mes puede ser la otra gran película de terror del año. 

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