EL CINE LE DEBE UNA a Robin Wright. Le da a uno la sensación de que su talento está infraexplotado, que todavía no le ha llegado el gran papel de su vida. Como si haber sido la esposa de Sean Penn fuera una pesada losa sobre sus espaldas que le impide asumir retos de mayor enjundia. Algo así como siempre, con matemática precisión, les sucede a las parejas de Tom Cruise. Ni sus estupendos papeles (de La princesa prometida a Nueve vidas) le han servido para calar demasiado hondo y decir “aquí estoy yo”. Tampoco será el caso del filme que nos ocupa. Con un personaje que podría haber dado más de sí, Rebecca Miller ha construido un relato en dos tiempos, marciano y fragmentario, que lucha siempre por hallar el tono y no logra el acomodo preciso para penetrar en la materia gris del espectador. Su fantástico elenco anda perdido en esta historia de desengaño y autoafi rmación del que acaso Wright permanece en la memoria.
Toni Vall
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