LAS DINÁMICAS DE DISTRIBUCIÓN a veces son peculiares. ¿Por qué una película tan discreta, casi transparente, como ésta se presentó en San Sebastián 2007 y no se estrena hasta ahora? ¿Qué particularidades tiene? ¿Estaba en un fondo de catálogo y alguien le ha quitado el polvo sin más? ¿Tres años? ¿Y por qué no medio o cinco? Bueno, pasada esta fase de preguntas extrañas, digamos que intuyo que nadie se había percatado del no-estreno de Un juego de inteligencia.
Es, por así decirlo, la típica película que rellena con ductilidad la sección oficial de un festival de cine. Es alemana, de look desaliñado, posee cierta furia interior y late en sus entretelas un perfume combativo, crítico-social, que agrada a los programadores de certámenes fílmicos. A imagen
y semejanza de Los edukadores –del mismo director– se propone discutir un status quo molesto y alienante por lo que construye una fábula de locura-caída-redención. En este caso el mal en cuestión es el estamento televisivo: esa institución que amalgama los fétidos criterios de plastas del mundo entero decididos a colgarle sambenitos mil que justifiquen la deshumanización del mundo.
El protagonista es un magnate de la telebasura, farlopero y déspota, que un día le ve las orejas al lobo y decide: 1. Crear un programa inteligente que fracasará de inmediato. Y 2. Investigar sobre los índices de audiencia para probar el fraude que esconden. Al principio parece que los tiros van por un Contra la pared 2 pero no tardamos en descubrir que hay gato encerrado y la cosa no pasa de ser el cuento chino de un Ken Loach más domesticado e inerte que él mismo.
TONI VALL
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