ACHERO MAÑAS SE LA HA JUGADO. Después de ocho años de silencio ha hecho una película arriesgadísima. Para empezar, hay una niña de cuatro años entre el reparto de actores, y no tiene, que digamos, un papel secundario. Seguimos, la acción (cómo en una familia se supera la muerte de la madre) está envuelta en una metáfora extrema y exagerada (que no revelaremos aquí por no estropear el factor sorpresa), de ésas que pueden hundir en la vergüenza ajena a la totalidad del patio de butacas y, peor aún, destrozar la credibilidad narrativa del filme. Como Achero Mañas se la ha jugado de verdad, desde aquí nos atrevemos a suponer que la respuesta crítica a Todo lo que tú quieras seguirá la estela de Noviembre, conquistando a algunos y horrorizando a otros. A nosotros, eso sí lo decimos con rotundidad, nos ha conquistado.
Desmontemos los riesgos. A la magnífica labor de cásting no sólo le debe el filme el hallazgo de la pequeña Lucía Fernández, la cría que con sus cuatro años, su cara de muñeca y sus cuajos reales en el set, permite que nos convenza esta fábula a priori increíble. La elección de Juan Diego Botto para el papel del padre también ha sido fundamental. La transformación a la que su personaje se somete para afrontar el duelo (el suyo pero sobre todo el de su hija) es tal que nos atrevemos a afirmar que no muchos actores españoles habrían sido capaces de aguantar el tirón con la sutileza y la sensibilidad con la que lo ha hecho el argentino. Botto, por ésta te vamos a recordar siempre. El resto del reparto están donde tienen que estar: José Luis Gómez, fantástico de reinona; Najwa Nimri, funcional en su carismático papel de ex rollete excéntrico del prota; Ana Risueño, sorprendente (¿por qué no vemos más a esta actriz en la gran pantalla?)…
Vayamos ahora con la historia, este reverso luminoso de El bola, en lo que a padres se refiere. Si el texto describe lo lejos que puede llegar un padre por el amor a su hija, en el subtexto, Achero lanza una oda a la maternidad como la copa de un pino. A las madres trabajadoras que vean la película les privará. En cuanto a la metáfora, es arriesgada, sí, pero aparece con naturalidad en el filme, como una respuesta admisible a la concatenación de eventos que Achero ha resuelto con
elipsis y un ritmo narrativo rápido en el (cálido) planteamiento, con una subtrama integrada a tiempo y con escenas sobrecogedoras que justifican el (metafórico) salto al vacío del director madrileño, y al mismo tiempo, dotan a la película de una carga emotiva que, a más de uno, le pondrá el nudo en la garganta. Achero Mañas se lo ha jugado todo a un único número. Pero
ya se sabe, el que no arriesga, no gana.
ANDREA G. BERMEJO
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