MUCHO HA LLOVIDO desde que Thomas Vinterberg, cocreador del manifiesto-movimiento Dogma 95, dirigió ese análisis agudo y grotesco de la burguesía danesa llamado Celebración, y a estas
alturas se hace difícil considerarlo capaz de igualar aquel éxito artístico. Al parecer, escribió Submarino a raíz de su divorcio y del miedo a tener que criar a sus hijos en solitario. Y muy mal lo habrá pasado, dada la cantidad de miserias humanas concentradas en este relato perversamente sombrío de dos hermanos que viven, cada uno a su manera, las secuelas de una tragedia de infancia: un bebé muerto, una madre alcohólica, mucha heroína inyectada en vena, pobreza, violación, cárcel, gangrena…
Atrapados en sus respectivos infiernos personales, poca tensión narrativa generan más allá de la duda acerca de qué atrocidad será la próxima en sucederles. En otras palabras, Vinterberg abusa de la sordidez y el tremendismo arbitrarios. Retrata una humanidad miserable, deliberadamente
fea, y una sucesión de excesos dramáticos que por momentos acercan la película a la parodia, en buena medida porque tanta miseria no parece tener un verdadero objetivo temático. Es probable
que la intención del director sea discutir las consecuencias de una educación disfuncional pero, más allá del cuestionable determinismo causado por el pecado original con el que arranca la historia, poco parece tener que comentar sobre el sufrimiento retratado en pantalla más que el hecho de que existe. En última instancia Submarino no es más que una nueva demostración de que Thomas Vinterberg es director de una sola película, y ésa se titulaba Celebración.
TONI VALL
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