NO EXISTE EL SILENCIO EN EL CINE DE JERRY BRUCKHEIMER. Sus películas son sinfonías acústicas que combinan la música ornamental permanente con ruidos y ruidillos de todo tipo. Este hombre es además el único magnate del Hollywood de hoy que ha sellado su cine con un marchamo temático innegociable: sus personajes siempre tienen una misión, son profesionales de la aventura, eternos habitantes de ningún sitio que deben completar un plan a modo de sino vital. Top Gun, Dos policías rebeldes, Armageddon, Con Air, 60 segundos, Piratas del Caribe, La búsqueda. Y El aprendiz de brujo no huye de este esquema, tan manido y sabido como al final simpático y sugerente quizá por pura desidia, por un uso indiscriminado del piloto automático.
La cinta de Jon Turteltaub es una verbena, un bucle de trucos y piruetas visuales, un abracadabra al servicio de una historieta mínima sobre magos que viven para siempre. Es un cuento infantil, infantilísimo diría yo, casi un artefacto vintage en los tiempos de zozobra hormonal adolescente
más salvajes que uno recuerda. Y es aquí, en tan decidido, incluso insólito aquelarre naif, donde uno halla las gracias de la cuestión. Tan emperrado que estaba en negarle el pan y la sal a esta nueva aventura de He-Man, al reencuentro de Willow y Madmartigan, a una fábula sobre el presente y el pasado donde le apetecería a uno conducir el Delorean. En realidad el asunto va de eso: si se tienen más de 13 años, los motivos para ver El aprendiz de brujo pasan por las ganas que se tengan de escudriñar memorias y ficciones, propias y ajenas, reales y alucinadas, y de ellas rescatar todo tipo de esencias, pecados de juventud, criterios pegados a base de chicles de adolescencia. Y, seamos
sinceros, si la operación que les propongo les importa un rábano pueden ahorrarse el tinglado. Enchúfenles a sus hijos Eclipse o memez semejante y que la lobotomización arraigue cual plaga de langostas caníbales. Que arman un barullo colosal, por supuesto.
TONI VALL
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