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Miércoles, 23 de Mayo de 2012
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Críticas

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Wall Street 2

08.10.2010

Al final, va a resultar que la codicia es buena.

wall street el dinero nunca duerme

En los años posteriores al estreno de Wall Street (1987), Oliver Stone ha lamentado que su villano protagonista, Gordon Gekko, se hubiera convertido no en una parábola sobre los males de la avaricia y la especulación sino en modelo de conducta para futuros economistas, que se apropiaron del mantra del personaje: la codicia es buena. La culpa fue suya, porque la película convertía el estilo de vida de Gekko en ideal romántico. Esta vez Stone no quiere permitir, o al menos eso nos hace creer, que nadie se confunda: Wall Street es el mal; la codicia es mala.

Wall Street 2 quiere posicionarse como la primera película seria que dramatiza la crisis financiera  mundial, y que señala con el dedo a quienes la indujeron, la exacerbaron y encubrieron. Con ese
fin, Stone confirma que la sutileza nunca ha sido su fuerte.
Esta oportunista secuela está tan atiborrada de metáforas risibles –unos niños jugando con pompas de jabón nos recuerdan que la burbuja está a punto de estallar–, estúpidos trucos gráficos –pantallas partidas, superposiciones,
diagramas animados sobre el mercado de la energía de fusión, todo muy cursi– y personajes que hablan como una presentación de PowerPoint sobre hipotecas subprime, rescates financieros y riesgos morales. Es imposible tomar la película en serio, a pesar de que en buena parte funciona como melodrama familiar sobre un padre que trata de reconciliarse con su hija.

Ese padre, Gekko, se convirtió en un icono de su época, pero ahora parece un turista de visita por otro planeta. Para cuando finalmente vuelve a la carga y sus chanchullos se sitúan en el centro
del escenario, sus acciones y su actitud se revelan sólo como herramientas para la creación de suspense barato que nos distraen totalmente de las cuestiones económicas que, previamente, Stone ha jugado a confrontar. Al final, la película tiene poco nuevo o profundo que decir sobre la demencia del mundo de los negocios o sobre el futuro, más allá de los lugares comunes que todos los personajes se empeñan en escupir constantemente. Pese a ellos, y pese a las intenciones de Stone, hay una paradoja que esta secuela nunca puede esquivar: personajes  como Gekko siguen siendo presentados como los dueños del universo. Serán malos, sí, pero también son carismáticos y poderosos y llevan una vida glamurosa y causan más envidia que desprecio. Al final, y como confi rma ese epílogo que no sólo propaga un aire de complacencia
sobre la situación financiera sino que además defiende que hasta el amor puede comprarse, va a resultar que la codiciaes buena.

NANDO SALVÁ

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