Este remake existe sólo porque a los espectadores norteamericanos no les gustan los
subtítulos. Es, pues, una redundancia pero, eso sí, una redundancia hermosísima. Como su
sueco predecesor, el neoclásico vampírico Déjame entrar, entiende todo el dolor y la
alienación que sienten los jóvenes, y oscila con maestría entre el romance naif y el horror
absoluto. Pese a que en términos de color, composición, tono y hasta sucesión de escenas
ambas películas son similares, sus diferencias son reseñables. De entrada, tiene sentido que ahora la acción transcurra no en Suecia sino en Los Álamos (Nuevo México) –una de las regiones
más violentas de EE UU– durante la América de Reagan –época de gran descontento
económico y de desesperación generalizada–. Por otra parte, si hace dos años el director
Tomas Alfredson usaba los planos largos para hacer hincapié en la titánica sensación de
soledad experimentada por los personajes, aquí Matt Reeves se mueve un poco más cerca
del rostro humano, enfatizando y hasta sentimentalizando el lenguaje corporal. Como
resultado, simplifica las dos principales relaciones humanas enraizándolas en la emoción y
la atracción semisexual, y elimina así toda la ambigüedad respecto a las motivaciones de la
vampira, que nutría la atmósfera inquietante y desquiciada de la original nórdica. Pese a
ello, la nueva versión es, como aquélla, una de las mejores y más brutales, y bellas,
películas de vampiros estrenadas en mucho tiempo. No se puede estar más lejos de
Crepúsculo.
NANDO SALVÁ
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juanma 24.10.2010 / 01:13 La original sueca es 3000 veces mejor que estas copias. REC, Abre los ojos, entre otras, son otros intentos americanos de sacar ideas originales donde no las tienen como Quarantine y Vanilla Sky. Que vaya el segundo título si es ridículo. En fin, para colmo con las japonesas lo mismo. Por favor, dejenlas y vean las originales o pierden la esencia señores de america y dejen de mirarse el ombligo y saquen ideas suyas.