BOTAFUMEIRO, SIDRAS, MÚSICA DE GAITAS y caminante no hay camino. De ahí no se mueven. Todas las películas cuya acción acontece en el Camino de Santiago se deslizan por idénticos tópicos sobre el paisaje y las costumbres del lugar. Y en este contexto se incrusta a unos personajes de azarosa existencia que recurren al Camino para sanar sus traumas, neuras y desgracias personales a base de gastar las suelas de sus zapatos y purgar sus heridas emocionales bastón en ristre. The Way no se mueve ni un ápice de los parámetros descritos para construir una historia de agotador recorrido –casi dos horas– por las tramas de cuatro personajes y cuatro justificaciones: la muerte de un hijo, dejar de fumar, conseguir adelgazarse y escribir un libro.
Años después de la imperfecta pero bastante prometedora Bobby, Emilio Estévez engatusó a su padre para que se quitase el traje de presidente de EE UU y protagonizase esta encantadora
insignificancia, redimida de su inanidad gracias a la buena voluntad de un espectador que de vez en cuando logra conectarse a la inocencia del conjunto y olvidarse de la exasperante convencionalidad que rezuma. Salta a la vista que está rodada con más buena voluntad que medios, con más
pragmatismo que mimo. Se quedan en el recuerdo fugaz algunos detalles delirantes (el rostro demacrado de Deborah Kara Unger, ese gitano de Burgos que habla un inglés perfecto) y también buenos hallazgos (la energía de James Nesbitt, el bonito sino de Martin Sheen).
TONI VALL
0 comentarios