PIENSA UNO QUE ya lo ha visto todo, pero nunca se sabe lo que puede dar de sí un paseo, pongamos por Santiago de Compostela. Allí, oculto por el aire de telefilme autonómico de discreta realización y sesgo docudramático mejorado por una fotografía brillante, camuflado por los altibajos
propios del subgénero de las vidas cruzadas, surge el milagro: de repente, algunos actores (¡esa comida de hermanos!) se alzan sobre la media y desatan instantes de verdad, de naturalidad y de gracia (galaica, sobre todo: geniales esos borrachos) sobre la mesa, una mesa a la que acudíamos
a comer, y en la que hemos acabado compartiendo emociones.
CARLOS MARAÑÓN
0 comentarios