Desde que los obreros salieron de la fábrica y ganaron la inmortalidad al pasar por allí los hermanos Lumière con su cámara, el cine ha competido con todo relato legendario. Incluso da la impresión de que las películas nacieron para acabar con las leyendas. Quizá no para exterminarlas, pero sí para suplantarlas, ocupar su puesto, convertirse en la única leyenda posible. Para ello, durante un tiempo, además de crearlas (de Bogart a Berlanga, por tirar de la B de Bruc) tuvieron que empezar a contarlas, haciéndoles perder su magia, en un camino sin retorno que ha acabado por destruirlas. El mejor cine ha ocupado su lugar. Y ya no creemos en otras leyendas.
La historia del tamborilero del Bruc, curiosa leyenda catalana convertida en mito español (o viceversa, según qué vientos nacionalistas soplen) tuvo su explicación, poco convincente, chocarrera pero técnicamente irreprochable para la época, en 1947 con El tambor del Bruch, de Iquino. La legendaria rondalla del chaval que ahuyentó al ejército francés gracias a los ecos en las montañas cercanas a Montserrat de los redobles de su tambor pasó del imaginario colectivo, color senyera o rojigualda, al blanco y negro franquista. Bruc supone el fin razonado de esa leyenda, la vuelta de turca que acaba con ella al abrirnos los ojos a otras explicaciones del mito. Luz en la caverna. Y una luz de una factura espléndida, con el sello de la escuela Alatriste, en un guión que se ofusca entre lo trepidante y lo tópico, y que incorpora la venganza, ese artefacto heroico del cine norteamericano que tan bien funciona en filmes como El patriota. A la vendetta se añade una mirada salvaje del hombre que se echa al monte, cual John Rambo de la Guerra de la Independencia. Pícaramente desprovista de matices identitarios (rodada en castellano a mayor gloria castiza de Juanjo Ballesta, una fuerza de la naturaleza, a veces hasta demasiado), pero con presencia seglar de la montaña sagrada de Montserrat, aquí todos se unen en un poco creíble canto a la libertad contra Napoleón, que envía al malo Vincent Pérez a descubrir el misterio de la derrota gabacha en la batalla del Bruc, en realidad una escaramuza muy sonada.
Desde ahora, y a pesar de ecos fordianos que toman aliento de El hombre que mató a Liberty Valance, el héroe de Santpedor ya no será el tamborilero del Bruc. La leyenda le pudo a la verdad, tal vez, pero el cine ha acabado con la leyenda. Aunque quizá sólo sea porque Pep Guardiola nació en el mismo pueblo que el antiguo ídolo del Bruc.
CARLOS MARAÑÓN
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tatxet 14.03.2011 / 23:33 Comentario
tatxet 14.03.2011 / 23:31 Comentario