De entre los caprichos que habitan en la memoria de este cinéfilo, se cuentan varias de las rocosas películas que un incomprendido como Joel Schumacher ha creado a lo largo de tres décadas. De Jóvenes ocultos a Línea mortal pasando por Un día de furia –imprescindible– y Última llamada. Siempre me ha parecido un director de lo más respetable, un artesano –en el mejor sentido de la palabra– que cuida sus relatos y no se ahorra carga personal en ellos, incluso en los delirios coloristas y excesivos de Batman Forever y Batman & Robin. Bien, pues la lista tiene ya una nueva incorporación. Twelve es mucho más de lo que aparenta, es decir, es mucho más que una memez sobre adolescentes pijos del Upper East Side que se drogan y follan con todo dios. Es la estilizada historia de un descontento generacional, la abrupta radiografía de unos seres infelices, devastados por las apariencias y la vida licenciosa. Sí, de acuerdo, bastante más moralista de lo que uno desearía, pero también madura y fatalista, filmada con un aplomo alucinante y con ritmo endiablado. Estamos ante un producto de consumo rápido pero lento calado, que contiene no poca enjundia argumental y bien afiladas emociones. Las vidas cruzadas –recurso fatigoso pero casi siempre de lo más efectivo– que se pierden y se encuentran a lo largo de 90 fugaces minutos dejan en el espectador sensaciones encontradas, agridulces, desasosiego en cantidad y por supuesto, la certeza de no haber visto ninguna tontería. Por mucho que algunos le seguirán negando a Schumacher el pan y la sal.
Toni Vall
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