No es casual que la mezcla de algodón de azúcar, pesadilla cancerígena y terapia psicológica de Cartas a Dios (extraña traducción de Oscar y la mujer de rosa) suceda en la planta 5ª de un hospital infantil que Eric-Emmanuel Schmitt ha situado voluntariamente por encima de la Planta 4ª de Antonio Mercero y Albert Espinosa, más cerca de las alturas beatas, mucho más lejos de la pillería espontánea de aquélla. Pero curiosamente, y pese a los guiños a la exitosa cursilería exitosa francesa, de Los chicos del coro a El pequeño Nicolás, la película sólo funciona donde más oscura es: en su humor incorrecto, fruto de las meteduras de pata de Michèle Laroque y de la mala baba del chaval enfermo terminal de cáncer que no puede ni ver a sus padres. Ahí, y en la falta de esperanza, encarnada en frases como “Nadie puede evitar el sufrimiento” y, cómo no, en un Max von Sydow que deja bien claro que aquí no hay spoiler que valga.
Sin embargo, esta incorrección, aunque lo pretende arteramente en sus ensoñaciones varias, no funciona como la de Mi vida en rosa, película a la que se remite hasta la extenuación, pero con la que tiene en común poco más que el color de la protagonista (y ella misma, que también lo fue entonces). Filme de catequesis light, de una religiosidad que se contenta con que no confundamos a Dios con Papá Noel ni a Jesucristo con un Cristiano Ronaldo en calzoncillos de marca, la extraña lucha de opuestos que amalgama no alcanza la potencia de Camino aunque al menos intenta que la muerte (a través de la enfermedad) no sea ese viejo tabú que la sociedad occidental sigue sin digerir. Pizza de color rosa para intentarlo.
CARLOS MARAÑÓN
0 comentarios