La premisa no puede ser más descabellada y brillante: un escritor en crisis se cruza con un viejo amigo que le ofrece probar una dosis de una nueva droga de síntesis de efectos increíbles. El dealer aparece muerto, y el escritor se hace con un alijo de la sustancia, conocida como NZT, la cual le permite no sólo terminar su última novela en una sola noche, sino también reconquistar a la chica que ama y empezar a labrarse una fortuna con la especulación bursátil. Como la droga multiplica las facultades mentales de quien la ingiere, la vida de Eddie Morra (Bradley Cooper) empieza a complicarse con la aparición de una serie de personajes, entre los que se encuentran un gangster del Este de Europa, un tiburón financiero (interpretado con escaso interés por Robert De Niro) y el Departamento de Investigación Criminal de la Policía de New York City, que tiene a Eddie como principal sospechoso en el crimen de una hermosa modelo.
Pero lo peor de todo es que los tripis poseen contraindicaciones, cuyos efectos empiezan a ser visibles en los allegados de Eddie y en alguna de las personalidades ilustres de la ciudad. La lucha por el ‘vellocino de oro’ se convierte entonces en una trama conspiroparanoica que definitivamente se le escapa de las manos al realizador del filme, Neil Burger. Y es una lástima, porque hasta entonces habíamos disfrutado con la estética de ojo de pez y los apresurados recursos infográficos que tenían los cuelgues del bueno de Eddie, y también con la similitud entre la droga ‘inteligente’ y otros productos de nuestro entorno.
SERGIO F. PINILLA
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