Desde Von Stroheim a John M. Stahl, de Douglas Sirk a Delmer Daves, de Herbert Ross a Almodóvar y Von Tier, de William Wyler al neorrealismo, incontables creadores han engrandecido y ensuciado el melodrama a sus anchas: se trata de bucear sin rubor entre los humores de nuestras almas, detectar las bacterias que allí anidan y gasearlas sin piedad. A veces se logran memorables historias de amor y muerte, de realidad y deseo y en otras ocasiones fútiles manuales de autoayuda para deleite de lagrimales sensibles. Me temo que estamos ante uno de estos casos.
El amor y otras cosas imposibles bebe de Bergman –mil veces destilado, claro– y de la nueva frialdad escandinava, retrata un Nueva York gélido y salmón, pero se queda en un escorzo, un croquis sentimentaloide, un reiterativo vaivén de esquematismo. Se agradecen su pudor y contención, que prefiera sugerir antes de telegrafi ar pero, ay, sólo logra conmover a fogonazos, a salto de mata. Natalie Portman le ha cogido gustillo a la cara de sufrimiento, a la permanente tunda emocional, su buen oficio no basta para levantar el vuelo de este elegante concorde, higiénico, envasado al vacío, prefabricado para emocionar. Las avionetas resisten peor los envites del infortunio, pero su indefensión resulta casi siempre más cercana, muchísimo más convincente. El armatoste pesa, lo liviano vuela.
TONI VALL
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