Los ingredientes que maneja este thriller sin duda musculoso son totalmente familiares: un hombre que trata de recuperar su identidad y en el proceso descubre su conciencia, una rubia peligrosa, un maletín desaparecido, un siniestro escenario de la vieja Europa, algunos villanos de esos que viajan en todoterreno negro y varias persecuciones de coche francamente deslumbrantes. Cita sin reparos a directores como Fritz Lang, Polanski, Frankenheimer y, sobre todo, Hitchcock, tan hábil rodando thrillers serpenteantes que uno los ve y simplemente no se da cuenta de que le están quitando la cartera. En manos de un cineasta de talento más modesto, muchos de ellos podrían haberse parecido a Sin identidad.
De hecho, de durar 80 o 90 minutos esta película podría haber sido una efectiva revisión del falso culpable hitchcockiano, esencia de títulos como Con la muerte en los talones y El hombre que sabía demasiado. El problema es que, cuanto más averigua su protagonista, menos interesante resulta ser su situación. Poco de lo que sucede una vez se descubre la verdad tiene demasiado sentido. El argumento gira y gira hasta que se rompe, y entonces la película cae en el puro exceso y el absurdo involuntarios.
El catalán Jaume Collet-Serra, es cierto, construye una atmósfera de amenaza tangible, basada en parte en la paranoia contemporánea relacionada con el terrorismo y el espionaje industrial y en parte en lo que conocemos acerca del pasado de Alemania. Esto último queda impagablemente encarnado por Bruno Ganz en la piel de un ex agente de la Stasi reconvertido en detective privado, un tipo tan mítico que merece su propia película –lástima que ésta no sea su historia–. Sin identidad se sirve de él para balbucear algo sobre cómo ha cambiado Alemania tras la caída del muro, sobre cómo los alemanes tienen gran capacidad para olvidar su pasado y sobre su intolerancia con los inmigrantes. Sin embargo, esas reflexiones son deliberadamente vagas y confusas, tan sólo una prueba más de que Sin identidad es mucho menos inteligente de lo que pretende hacernos creer.
NANDO SALVÁ
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Witxo 14.05.2011 / 20:39 No es más que una mezcla de 'A propósito de Henry' y 'El caso Bourne'. Un asesino implacable se despierta tras 96 horas en coma y se convierte en corderito (como Harrison Ford, de cabrón a santurrón) y descubre que se pelea como nadie (como Matt Damon). Eso sí, lo de la asesina que decide irse a quitar la bomba que ella misma ha puesto por 'el que dirán' no tiene precio. Solo falta el inspector Closeau.