Wes Craven: apasionante personaje. Lleva 15 años pariendo la misma película una vez tras otra: el asesino volatilizado, desaparecido y dado por muerto, que regresa al lugar de sus crímenes para avivar con sangre nueva la leyenda de su horror. Se diría que Craven vive atrapado en un bucle, un sinfín argumental que le condena, cual uno de sus propios monstruos, a regresar eternamente al escenario del crimen. Almas condenadas podría ser una nueva secuela de Pesadilla en Elm Street o bien otro baño de sangre del Ghostface de Scream. El cine de terror yanqui moderno ya no puede prescindir de los hallazgos (o estropicios) de los incontables cuentos de terror teen, que han contaminado el género hasta su mismo tuétano. Tampoco Craven claro, que contribuyó decisivamente a cimentarlos. Así pues estamos ante otro remedo, un nuevo pastiche de influjos diversos en el que un destripador regresa al pueblo de sus fechorías y se reencarna en uno de los chicos que nacieron el día que se le dio por muerto. Bastante más molona, a ratos incluso trepidante, de lo que su repetitivo punto de partida hace prever, es ante todo un slasher en su sentido más estricto. Craven domina el género como nadie, es un reciclador de primera categoría, casi un espigador de su propia obra. ¿Reinventarse o no? Probablemente a estas alturas de la vida y de la película le importe un pimiento.
TONI VALL
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