“Una comedia de Thomas Vinterberg” reza la frase publicitaria de Cuando un hombre vuelve a casa. Y se añaden extractos de algunas críticas danesas y suecas: “Hay razones para reír, muchas veces”. Podemos hallar aquí, en estos reveladores detalles promocionales, pistas sobre la personalidad no sólo de la película que nos ocupa, sino de una idiosincrasia, la nórdica, en la que el concepto de “comedia” no es precisamente el mismo que se estila por aquí. Cuentan los casi siempre fastidiosos tópicos sobre pueblos, que los escandinavos son depresivos hasta la extenuación. Pues bien, baste la nueva obra de Vinterberg, asombroso aquelarre de neuróticos, para dar fe de ello con renovada pasión. Cuando un hombre…comparte con Celebración no pocas cosas. Si allí la verdad de la trama se revelaba durante un banquete de boda, también aquí acontece el clímax alrededor de una mesa parada. El trauma de infancia arrastrado allí por los hermanos, troca aquí en un abandono paternal que deja profunda huella en el protagonista, un cocinero tartamudo que verá cómo el pasado regresa para saldar cuentas y de paso abrir nuevas brechas en su machacada alma. Resulta apasionante, a ratos algo cansino, asistir a cada nueva película de Vinterberg, a un nuevo recital de frialdad y ausencia absoluta de cariño por los personajes al tiempo que a una admirable capacidad de concentración dramática. Como diría Valmont, no pueden evitarlo.
TONI VALL
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