El fin justifica los medios, parece decirnos Jonathan English, orgulloso desde su apellido de la herencia que su país dejó a la civilización. Tanto, tanto, que el cineasta determina que vamos a tener que sufrir para entenderlo: la Democracia con sangre entra. Sangre, quemaduras de tercer grado, amputaciones, flechazos, estacazos, espadazos y demás vicisitudes de puntiagudo perfil acabadas en -azo. En realidad ésa es la única pena de esta cuadrilla que quiere parecerse a la pandilla de Robin Hood, pero se toma tan en serio que recuerda más al lado menos filosófico de Grupo Salvaje. La sobredosis de violencia impide relajarse ante lo que acaba convirtiéndose en la anatomía de un asedio, con más cartón piedra que retoque digital, cosa que los espíritus vintage agradecerán. Sin embargo, si uno se cura bien de las heridas, encuentra suficiente distracción para olvidar que le están hablando de la Carta Magna, la primera constitución del mundo, y dejarse llevar por las catapultas. Catapultas, sí, han leído bien. ¿Puede algún aficionado al cine histórico resistirse a una película con catapultas? Directa, de poco gasto en exteriores y aires de Braveheart en las secuencias interiores, se agradece el toque discreto para las relaciones amorosas y su sencillez en la exposición del trasunto histórico: el rey malo que se alía con el papa de Roma para tratar de revocar su propia firma tras caer derrotado frente a los nobles que controlaron sus excesos. Poco más. Huyamos al castillo de Rochester. A partir de ahí, el filme intenta compensar los anacronismos con toques de distinción (o deberíamos decir distracción): así, al aire bravo de Brian Cox se le opone la finezza de un Derek Jacobi rescatado de las ruinas del Imperio Romano, la finura de Kate Mara se enfrenta a la viscosidad de su enamorado, la guerra cruel pre-Convención de Ginebra contrasta con un montaje modernete… y en ese juego de contrastes la película va avanzando sin mayores daños. Seguramente la Edad Media no era esto, pero, ¡qué demonios!, ver a Giamatti vestido de rey de bastos de Heraclio Fournier matizando su acento hasta situarse lo más cerca que estará nunca de Shakespeare en pantalla, también merece la pena. No hay mus. Pero hay otros juegos que dan el pego.
CARLOS MARAÑÓN
2 comentarios
Tyler 25.07.2011 / 19:58 cleoTotal,sin cruzada y sin sarracenos...otra caca de la vaca.
Mario Gismera Chiapella 25.07.2011 / 19:09 Solo una cosa, las espadas que llevaban los templarios, así como caballeros y guerreros, pesaban de 10 a 15 kilos y por ello eran capaces de, junto con la fuerza del guerrero, mutilar de tal manera. Entoces... ¿Como es posible que la pueda blandir una dama despues de semanas sin comer? Un apunte más, he tenido que retirar la vista durante las peleas y no por el tono gore, simplemente por esa velocidad vertiginosa que parece ocultar grotescamente la falta de presupuesto. Giamatti impecable.
Fernando Martínez 24.07.2011 / 08:39 Comentario Una corrección,la primera constitución del mundo fue la que tuvo lugar en la ciudad de León en el año 1188, cuando el rey Alfonso IX de León, convocó las primeras Cortes democráticas del mundo, al asistir por primera vez representantes del pueblo. La Carta Magna inglesa fue posterior a esa fecha.
MOHSSIN 23.07.2011 / 04:39 Comentario MANIFIKO