Que el hermano de Frasier estaba como una regadera era bien sabido. Lo decían hasta por la radio. Lo que no estaba tan claro es que aquel personaje pudiese derivar hacia un Norman Bates actualizado por el espíritu de Dexter como si tal cosa. ¿El responsable? Ni guión ni director, sino un nada sutil cambio de registro derivado de la inquietante apariencia del actor David Hyde Pierce, que se deja la piel por dar dignidad a un filme que a ratos parece un reality de piso piloto y otras veces, el ensayo de una versión apócrifa de La soga para un politécnico. Aunque podía haber sido peor. Para habernos matado, concretamente.
El caso es que el hombre, con la extrañísima virtud de caer bien haciéndose extremadamente antipático en su rol de anfitrión psicópata de pantomima, acaba consiguiéndolo, dejándose la piel, pese a que en ningún momento se nos ofrezca la posibilidad de creernos una historia que no es sólo que ande en el filo de la verosimilitud: es directamente asesinada al comienzo. No es el único cadáver –una comedia negra siempre pide más–, pero sí el más dañino de una trama con más giros que el Gran Prix de Montecarlo, que acaba haciéndose simpática a fuerza de llevarnos de un lado para otro sin que salgamos de nuestro asombro ni acabemos de reaccionar ante la deriva policíaca que acaba tomando el clásico argumento del burlador burlado sin derecho a llamar al psiquiatra. No les habría ido mucho peor si hubiesen intentado hacer una sitcom con Sospechosos habituales, y eso que, al revés que Keyser Soze, aquí son todos culpables. Menos uno.
CARLOS MARAÑÓN
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