Nuestras 25 astronaves de cine favoritas

¿Quieres hacer la ruta de Kessel en menos de 12 parsecs? ¿Siempre soñaste con ir a Júpiter a ver monolitos alienígenas? ¿Tienes lo que hay que tener para ser un marine colonial? Entonces no lo dudes y surca las estrellas a bordo de estas maravillas de cine. Por CINEMANÍA

30 de marzo de 2012

Pueden ser grandes, o pequeñas. Más rápidas que la luz, o más lentas que una tortuga. Prodigios de la técnica o cascajos de esos que te dejan tirado en los lugares más incómodos. No obstante, todas tienen algo en común: el lugar que les corresponde no es una carretera, ni el mar, ni siquiera el aire, sino el vacío entre las estrellas. Porque estamos hablando de nuestras naves espaciales favoritas, a bordo de las cuales nuestra imaginación ha llegado a los lugares más increíbles, ha luchado contra bichos xenomorfos o ha meditado sobre nuestro lugar en el universo. Aquí tienes nuestra lista.

Cygnus (El Abismo Negro, 1979)

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La nave: Entendemos que a los constructores de este bajel les diese tanta rabia el darlo por perdido. No sólo porque la tecnología empleada en su construcción la haga un espécimen único en su género, sino también porque es bonita de narices.

Tripulación: Hans Reinhardt (Maximilian Schell), un capitán lo bastante megalómano como para aparcar su trasto en el horizonte de sucesos de un agujero negro. Junto a él, hallamos a su robot Maximilian (un gigante con mucha mala leche) y un montón de tripulantes robóticos, o eso parece. A todo esto, ¿y los demás humanos de la Cygnus, dónde se han metido?

Crucero de la Cofradía (Dune, 1984)

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La nave: Sencilla, funcional y con el encanto vintage que le da estar basada en un clásico de la ciencia-ficción (firmado por Frank Herbert, y primero de una saga larguísima), esta mastodóntica nave rellena a su vez de otras naves se merece un lugar en nuestro informe.

Tripulación: Eso de “plegar el espacio y viajar sin moverse” está muy bien, aunque para ello tengas que consumir especia melange en cantidades industriales. Pero lo de convertirse en un renacuajo mutante, como diseñado por David Lynch, no lo tenemos tan claro…

Estrella Oscura (Dark Star, 1974)

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La nave: A primera vista, la Estrella Oscura puede parecer un poco cutre. Pero tratándose de una creación de John Carpenter y Dan O’Bannon, huelga decir que su funcional diseño esconde prestaciones muy sofisticadas: estamos ante una nave dedicada a destruir soles defectuosos, nada menos. Eso sí: tras 20 años de travesía, el trasto está que se cae a pedazos.

Tripulación: Dado que el nombre de su vehículo homenajea a un tema de los Grateful Dead, es normal que los pilotos de la Estrella Oscura (con el propio O’Bannon en sus filas) sean una panda de hippies con poco amor al trabajo duro. Lástima que sus bombas inteligentes (que lo son, y mucho) sí se tomen su labor muy a pecho.

Legacy (El planeta del tesoro, 2002)

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La nave: En la mitología popular (y cinéfila) el espacio viene a ser como el océano, pero con estrellas. Por eso nos encanta este vehículo, que viene a ser como una goleta del siglo XVIII preparada para navegar por el vacío.

Tripulación: Como estamos ante una versión estelar de La isla del tesoro, tenemos a una capitana muy mandona (voz en inglés: Emma Thompson) y a Long John Silver convertido en un cyborg metalizado. En la versión original, Joseph Gordon-Levitt puso voz al protagonista.

Caza TIE (Star Wars)

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La nave: No todo van a ser maquinones en este informe. También tenemos que rendir tributo a esos diminutos cazas espaciales que caen como moscas ante los rayos bláster de los buenos. Y admitámoslo: por más que aplaudamos cuando los chicos de la Alianza los hacen estallar, estos cacharritos del Imperio tienen un diseño muy estiloso.

Tripulación: Cientos, miles, de pilotos con cascos chulísimos pero adiestramiento dudoso, vista la forma que tienen de caer en la batalla. Como no podía ser menos, Darth Vader dispone de un modelo propio, tuneado para la ocasión y con paneles solares a medida.

Águila 5 (Spaceballs, la loca historia de las galaxias, 1987)

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La nave: Por mucho glamour que se les quiera dar, y por muy buena pinta que tengan, la mayoría de las naves de nuestro informe no dejan de ser el equivalente cósmico a una furgona de reparto. Por ello, es de agradecer que Mel Brooks reflejase la cruda realidad diseñando este funcional modelo con ruedas. El cual, pese a su modesto aspecto, puede llegar a la “¡Velocidad Absurda!”.

Tripulación: Huyendo del pérfido Pizza El Hutt, el mercenario Bill Pullman y su compinche peludo John Candy encontrarán a una bella princesa amenazada por Casco Oscuro (Rick Moranis), villano enmascarado. Un momento, ¿no habíamos oído esto ya antes?

Camino del Trueno (Exploradores, 1985)

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La nave: Su aspecto es mejorable (siendo suaves), su manejabilidad dudosa y su acabado, francamente cutre. Pero una astronave plenamente funcional, construida por cuatro críos en un patio trasero y bautizada como un tema de Bruce Springsteen se merece salir aquí. ¿O no?

Tripulación: El soñador Ethan Hawke, el empollón River Phoenix y el macarra Jason Preeson construyen esta maravilla para buscar el origen de una enigmática señal alienígena. La cual acabará teniendo una procedencia, digamos, juguetona.

Libertad e Independencia (Armageddon, 1998)

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Las naves: Abandonamos los senderos del espacio profundo para encontrarnos con dos modelos de fabricación cien por cien terrestre y noventera. Los cuales vienen a ser como las lanzaderas de la NASA de toda la vida, sólo que al estilo Michael Bay: más grandes, más macarras y diseñadas para destruir meteoritos gigantes.

Tripulación: ¿Qué les hace falta a este par de burras para que se conviertan en las más badass del universo conocido? Está claro: poner a Bruce Willis dentro de una de ellas. Si redondeamos la lista de embarque con Ben Affleck y ponemos a una Liv Tyler llorosa a guardarles las ausencias con los sones de Aerosmith, su carisma está asegurado. Y sin velocidad luz, ni nada.

Max (El vuelo del navegante, 1986)

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Las naves: La combinación de naves espaciales e inteligencia artificial suele equivaler a mal rollo, como veremos más adelante, pero el caso de Max es especial. Este vehículo no sólo está dotado de conciencia propia, sino que es de lo más majete y sociable.

Tripulación: Por lo general, Max se basta con él mismo (y su mecanismo), pero cuando una abducción le sale mal, debe llegar a una alianza con un niño humano (Joey Cramer) para arreglar un desaguisado temporal y volver a su planeta.

Gunstar (Starfighter, la aventura comienza, 1984)

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La nave: Uno de los vehículos más olvidados de esta lista, la Gunstar no es precisamente un triunfo del diseño aeroespacial, sino que resulta más bien feota. ¿Qué es lo que la hace tan especial? Sencillo: es la única de nuestras naves a la que puedes subirte gracias a batir el récord de un videojuego.

Tripulación: Lance Guest, chaval terráqueo que descubre lo mucho que compensa eso de ser un viciao, y Grig (Dan O’Herlihy), mentor alienígena con aspecto de tortuga cubierta de chocolate.

Crucero C57-5D (Planeta prohibido, 1956)

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La nave: Llevamos ya revisadas 10 astronaves de 25, y acabamos de caer en la cuenta: ¡no hemos incluido a ningún platillo volante! Menos mal que este modelo nos viene de perlas, porque además de su espacioso interior y sus intrigantes sonidos (cortesía de Louis y Bebe Barron) tiene un ‘pequeño’ aliciente a bordo…

Tripulación: Aunque resulte difícil de creer, el capitán del C57-5D (¡hay que fastidiarse con el nombrecito!) es… Leslie Nielsen, nada menos. Claro que un Nielsen más joven, que todavía no había descubierto sus facilidades para la comedia (aquí, las risas corrían a cuenta del robot Robbie) y al que le sienta de perlas el uniforme galáctico.

Event Horizon (Horizonte final, 1997)

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La nave: Aguardando silenciosa en la órbita de Neptuno, la largamente abandonada Event Horizon viene a ser al cine de ciencia-ficción lo que un castillo abandonado en Transilvania a las pelis de miedo. Todo indica que los protagonistas no deberían entrar, pero los muy tontos acaban entrando… Y se descubren a sí mismos en el infierno. Literalmente.

Tripulación: Tratándose de un filme de Paul W. S. Anderson (Resident Evil), Horizonte final no es precisamente el colmo de la sutileza, pero su efectividad está garantizada gracias a la presencia de Laurence Fishburne y, sobre todo, de Sam Neill.

Alexei Leonov (2010: Odisea Dos, 1984)

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La nave: Sí, comparada con su predecesora 2001, la película de Peter Hyams resulta infumable. Pero un especial como este no estaría completo sin una mención a la carrera espacial soviética, camarradas. Tosca y funcional, de tamaño mastodóntico y sobrio color pardo, la Leonov es una nave de esas que, más que pilotarlas tú, te pilotan a ti.

Tripulación: Numerosísima, y formada por un contingente mixto de soviéticos y estadounidenses que se llevan a matar (era la época). Nosotros nos quedamos con Roy Scheider (científico con barras y estrellas) y Helen Mirren (capitana con hoz y martillo), serios profesionales condenados a entenderse, si los monolitos les dejan.

Icarus (Sunshine, 2007)

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La nave: Una vez más, acentuamos el componente multinacional de nuestro informe: concebida por el director Danny Boyle y el guionista Alex Garland, esta astronave es de diseño cien por cien británico. Tal vez por eso, tanto su propósito (evitar que el Sol se enfríe, nada menos) y su diseño estilizado resultan tan cool.

Tripulación: Brillante, como no podía ser de otra manera: una estrella del Reino Unido (Cillian Murphy), una reina de Hong Kong (Michelle Yeoh), un futuro héroe de EE UU (Chris Evans), una rosa australiana (Rose Byrne) y Mark Strong, uno de esos actores británicos a los que tan bien se les va la pinza.

USS Sulaco (Aliens, el regreso, 1986)

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La nave: Primero, Ridley Scott nos mostró cómo eran los currantes del espacio exterior. Después, fue James Cameron quien nos enseñó a sus contrapartidas militares. Cuyo vehículo, para variar un poco, resulta más estiloso que la tosca Nostromo y, además, no lleva a bordo ningún ordenador dispuesto a darte la lata con aquello de “tripulación sacrificable”.

Tripulación: El androide Bishop (Lance Henriksen) se las basta y sobra para pilotar él solito este paquebote, con lo cual a los militronchos (el cabo Michael Biehn, por ejemplo) no les queda otra que pasar el tiempo haciendo chistes dignos de El sargento de hierro. La presencia a bordo de un pasajero (o pasajera) capaz de manejar un exoesqueleto de transporte se agradece mucho, no obstante.

La nave de E. T. el extraterrestre (1982)

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La nave: De acuerdo, apenas la vemos dos veces en los 115 minutos de la película, y siempre a contraluz y rodeada de lucecitas (muy místico todo). Pero con sus formas orgánicas y su aura de misterio, esta creación de Steven Spielberg transmite una sensación totalmente alienígena.

Tripulación: Una gran cantidad de aliens cabezones, arrugaditos y absolutamente adorables.

Superdestructor imperial (Star Wars)

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La nave: ¡Atención, pregunta! ¿Qué puede ser más impresionante que esa primera escena de La guerra de las galaxias, en la que veíamos a un inmenso crucero de combate persiguiendo al vehículo de la princesa Leia? Respuesta: esa escena de El Imperio contraataca, donde escuchamos por primera vez la Marcha Imperial y aprendimos que George Lucas era (todavía) capaz de sorprendernos mostrándonos astronaves más imponentes, más amenazadoras y, sobre todo, muchísimo más grandes.

Tripulación: Un montón de oficiales con uniforme gris, propensos a padecer misteriosas enfermedades respiratorias cuando le tocan los pelendengues a su jefe Darth Vader. Ah, por cierto: si te preguntas por qué no incluimos a la Estrella de la Muerte, te recordamos que es una estación espacial (¿o era un planetoide?).

Nave nodriza alienígena (Independence Day, 1996)

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La nave: Desde que la vimos destrozando el Capitolio de los EE UU en los primeros teaser trailers, supimos que este megamonstruo del espacio iba a convertirse en todo un icono. Tan elegante como terrorífica, ideal para invadir planetas indefensos, la nave de marras sólo tiene un pequeño defecto: su sistema informático es vulnerable a los troyanos. Será que el malware sólo existe en la Tierra…

Tripulación: Hasta que Will Smith (no podía ser otro) le echa mano a uno de los alienígenas, no tenemos ni idea de cómo es la apariencia de estos. Sinceramente, con lo feos que son, casi que podíamos habernos ahorrado el esfuerzo…

Serenity (Serenity, 2005)

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La nave: No va armada hasta los dientes. No puede viajar a velocidad luz. Ni falta que le hace: ideada por Joss Whedon (Los Vengadores) para lo que iba a ser una serie de culto, la astronave de clase Firefly más famosa y entrañable tuvo su propio largometraje en 2005. Desde luego, se lo merecía.

Tripulación: Con Nathan Fillion, capitán de dudosa moralidad, al frente, la gente de la Serenity forma un grupo de héroes, del primer al último miembro. Nosotros tenemos debilidad por Summer Glau (que parece frágil, hasta que deja de serlo), Jewel Staite (mecánico de a bordo con sonrisa deslumbrante) y, sobre todo, por Alan Tudyk, ese piloto que convirtió la frase “Soy una hoja al viento, mirad cómo vuelo” en el mantra de nuestros momentos de tensión.

Ala X (Star Wars)

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La nave: Tras haber mencionado a sus eternos rivales, los Tie del Imperio, debemos fijarnos en los cazas insignia de la Alianza Rebelde. Porque, además de versátiles y bien diseñados (las superficies que les dan nombre les permiten volar tanto en el vacío como en la atmósfera), y con lugar para un siempre práctico droide astromecánico R2, los Ala X son pequeños pero matones. Si te descuidas, uno solo de ellos puede destruir una estación espacial del tamaño de un planeta pequeño en lo que se tarda en decir “¡Usa la fuerza, Luke!”.

Tripulación: En general, los pilotos de estos cazas suelen ser bastante anónimos, teniendo el derecho a una muerte heroica y poco más. Pero algunos, como Wedge Antilles (encarnado por Dennis Lawson, el tío de Ewan McGregor) han sobrevivido para hacerse con la gloria y el amor del fandom. Y eso por no hablar de cierto chaval de Tatooine…

Nostromo (Alien, el octavo pasajero, 1979)

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La nave: “Pero, ¿qué demonios es esto?”, exclamaron muchos fans de la ciencia-ficción cuando vieron el interior (y el exterior) de la Nostromo. No es sólo que, aunque imponente, esta astronave sea más bien tirando a fea, sino que su interior está hecho un asco y resulta de todo menos aséptico y futurista. Porque, aunque navegue por los espacios infinitos, este vehículo no es sino el equivalente astral a un barco carguero, y eso en su momento supuso toda una revolución.

Tripulación: Vulgar, fea, agobiada por los viajes largos y la poca paga y, en suma, entrañable. Algunos de sus miembros (Ian Holm, John Hurt) vienen con sorpresa incluida, otros (Sigourney Weaver) eran iconos generacionales en embrión y Jonesy, gato de a bordo, sigue siendo nuestro felino cósmico favorito. Del octavo pasajero de marras, pues qué vamos a contar…

Nave musical (Encuentros en la Tercera Fase, 1977)

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La nave: Tras décadas y décadas de invasiones, desencuentros y “¡Llévame ante tu líder, terráqueo!”, fue Steven Spielberg quien nos proporcionó las claves para un correcto entendimiento con los alienígenas, gracias a este platillo volante multicolor. Porque la música es un lenguaje universal, literalmente. Además, poner a un señor como François Truffaut a encabezar el comité de bienvenida ayuda mucho, si es que los visitantes tienen buen gusto para el cine.

Tripulación: Delgados como un fideo y de sinuosos movimientos, estos aliens fueron encarnados por unas mozas de Mobile (Alabama, lugar de rodaje de la escena) con los disfraces de rigor. ¿Las razones de Spielberg? “Las chicas se mueven mejor que los chicos”.

Enterprise (Star Trek)

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La nave: ¡Por fin! Trekkies del mundo, ya podéis dejar de acordaros de nuestra familia cercana: el Enterprise es uno de esos vehículos espaciales que siempre estarán en nuestro corazón. Si en la serie original su diseño resultaba elegantísimo, y su versión tuneada en las versiones para el cine (y en Star Trek: La nueva generación) nos arrebataba, contemplarla en el reboot paradójico de J. J. Abrams nos provocó un intenso deseo de vestir uniformes de espumilla.

Tripulación: Variadísima, dependiendo de a cuál de sus travesías nos refiramos. Ateniéndonos a la versión más clásica, nunca podremos olvidar al capitán Kirk (William Shatner) y a oficiales tan carismáticos como Spock (Leonard Nimoy) y McCoy (DeForrest Kelley). En la nueva versión, Zachary Quinto y Chris Pine nos demostraron lo bien que se les daba pelearse. Y cómo olvidarnos de Picard (Patrick Stewart), ese hombre de intelecto tan despejado como su frente.

Discovery (2001: Una odisea del espacio, 1969)

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La nave: Hay una razón por la que las astronaves de cine abandonaron las socorridas variantes “cohete con alerones” y “platillo volador”, y es esta preciosidad. Pese a la antigüedad del modelo, el Discovery sigue siendo un ejemplo de cómo conciliar lo funcional (en tanto que vehículo espacial, resulta bastante verosímil) y lo estético, gracias a su estilizada figura y ese módulo de pilotaje redondo que tanto luce en la pantalla. Por no hablar de sus siempre prácticas cápsulas, tan útiles para reparar una unidad defectuosa como para viajar hasta más allá del infinito, con escala en Júpiter. ¿Que el ordenador de a bordo es un poquito psicópata? Bueno, eso es un defectillo sin importancia.

Tripulación: Fiel a la misantropía de Stanley Kubrick, 2001 nos mostró que una inteligencia electrónica (en este caso, la de HAL 9000) puede ser mucho más carismática e interesante que la de esos dos astronautas (Keir Dullea y Gary Lockwood) cuyas únicas ocupaciones parecen ser las de comer, dormir y hacer footing en gravedad artificial.

Halcón Milenario (Star Wars)

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La nave: En lo que a astronaves se refiere, como en todo lo demás, las apariencias engañan. Por ello, esa exclamación de “¡Menudo montón de chatarra!” que profería Luke Skywalker al ver por primera vez a nuestro trasto espacial favorito resulta más irónica cada día que pasa. Vale, puede que el Halcón muestre un exterior algo castigado, pero su diseño resulta apetitoso (no podía ser menos, estando basado en una hamburguesa) y, cuando uno se pone a sus mandos descubre que viene a ser el equivalente cósmico a ese Wolkswagen Escarabajo en el cual, dice la leyenda, Paul Newman había instalado el motor de un Porsche. Veloz (puede hacer la Ruta de Kessel en menos de 12 parsecs), fiable (siempre que Chewbacca sea su mecánico, claro) y lleno de sorpresas, el Halcón es tan apto para perpetrar delitos como para salvar a la galaxia muy, muy lejana o seducir princesas. Lo cual nos plantea una pregunta: ¿en qué leches estaba pensando Lando Calrissian cuando se jugó esta maravilla a las cartas?

Tripulación: En el párrafo anterior ya hemos recordado a algunos de sus miembros más ilustres, con lo que ahora sólo recordaremos lo fundamental: el capitán del Halcón Milenario es el mismísimo Han Solo (Harrison Ford). Así las cosas, ¿dónde hay que firmar para embarcarse?

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