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‘Morir en Madrid’: La película que timó al franquismo

Se cumplen 50 años del estreno de un documental que dejó a la dictadura con dos palmos de narices ante el mundo. Toda su historia, aquí. Y GARCÍA / Fotos: ARCHIVO AGR

18 de agosto de 2013

Estamos en 1961. Aunque el presidente estadounidense Dwight Eisenhower visitó España hace dos años, aprobando así oficiosamente la dictadura de Francisco Franco, el régimen sigue enfrentándose a una opinión pública internacional que lo señala como una tiranía fascista, y a una Comunidad Económica Europea que se obstina en negarle la entrada en sus filas. Así las cosas, el ministro de Información, Gabriel Arias Salgado, se lleva una alegría inesperada: a través de la embajada francesa en Madrid, el director Fréderic Rossif y la productora Nicole Stéphane le hacen saber que desean realizar una película para alabar al gobierno de Franco, y al país que este sojuzga. Su título provisional: La España eterna. Por supuesto, la autorización se les concede de inmediato. Quién iba a imaginar que de Francia, país de rojos y masones por excelencia, surgiría semejante oportunidad para lavarle la cara al franquismo. ¿O no es así?

En realidad, no era así: Rossif y Stéphane eran dos izquierdistas redomados, y su película nunca se llamó La España eterna. Como explica el historiador de cine Antonio García-Rayo en su web Archivo AGR, la autorización de Arias-Salgado posibilitó el rodaje de Morir en Madrid, una de las invectivas más feroces contra los vencedores de la Guerra Civil que jamás se proyectaron en una pantalla. Durante la primavera y el verano de 1962, y bajo la protección del ministerio de Información, encabezado ya por Manuel Fraga Iribarne, Fréderic Rossif tuvo la ocasión de recorrer un país que comenzaba a despertar (al menos, económicamente) de la pesadilla de la posguerra. Y, aunque su búsqueda de escenas de pobreza rural puede llevar a calificarle como un turista de la miseria, lo cierto es que se las apañó para registrar imágenes que la dictadura jamás hubiese permitido mostrar, ni dentro de España ni, por supuesto, fuera de ella.

Completada con imágenes de archivo, algunas de ellas cedidas por el No-Do (noticiario oficial del régimen, cuya proyección era obligatoria en los cines), Morir en Madrid queda lista para su estreno en 1963. Y entonces es cuando, a través de noticias y rumores, el gobierno franquista se da cuenta de la verdad: Fréderic Rossif y Nicole Stéphane lo han convertido en víctima de un clamoroso timo, cuyo resultado será un filme que pondrá como un trapo su imagen pública. José María de Areilza, conde de Motrico y embajador en París, recibe la orden de impedir a toda costa que la película se estrene. Para ello, cuenta con una carta que el ministro de Asuntos Exteriores Fernando Castiella, destina a su homólogo francés, Maurice Cove de Mourville. El contenido de la misiva es claro: si la película de Rossif llega a los cines, las relaciones comerciales entre los dos países recibirán un severo golpe.

En las siguientes negociaciones no sólo intervienen nombres destacados de la política gala, el ministro de Cultura André Malraux (quien había luchado, y rodado su película L’Espoir, en la España de la Guerra Civil) y Alain Peyrefitte. También se retiene el filme en el almacén de la distribuidora, e incluso se formula una oferta exorbitante, de 300 millones de francos, a cambio de que la destrucción de los negativos. Nada de eso surte efecto: Malraux apela al mismísimo presidente de la República, el general Charles de Gaulle, y consigue el permiso para que sea proyectada. Un año después, en 1964, la Dirección General de Cinematografía española se hace con una copia pirata de Morir en Madrid, pasada de contrabando desde Italia. El responsable de dicho organismo, José María García Escudero, ha tenido una ‘brillante’ idea para contrarrestar su pernicioso efecto: el franquismo replicará con su propia película de propaganda.

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Por desgracia para los interesados, los regímenes dictatoriales suelen padecer de una notable inclinación hacia la chapuza. Y un régimen dictatorial español, no digamos. Dirigida por Eduardo Manzanos y escrita por dos de los literatos oficiales de entonces, Rafael García Serrano y el autor de Marcelino Pan y Vino, José María Sánchez Silva, Por qué morir en Madrid no sólo peca de un título nada original. Su tono es tan chabacano y lleno de insultos, y su calidad tan lamentable, que el propio García Escudero la considera “necesitada de una revisión profunda”. Algunas camarillas del régimen, como los monárquicos o los tecnócratas del Opus Dei, se ofenden por su contenido. Y, para colmo, el año previsto para su estreno (1966) es el establecido para el referéndum sobre la Ley Orgánica del Estado. Así las cosas, el propio Fraga decide darle carpetazo: total, para alabar la figura del Caudillo ya se dispone de Franco, ese hombre, documental biográfico firmado por José Luis Sáenz de Heredia. 

El siguiente capítulo de esta historia bordea la astracanada. Y es que, durante ese mismo período, Sánchez Silva y García Serrano han participado como guionistas en otro documental profranquista, también concebido como réplica a Morir en Madrid. Su título es Morir en España, y la firma como director nada menos que Mariano Ozores. Al futuro soberano del ‘destape’ le faltaba, por lo que se ve, el pulso que le llevaría a batir récords de taquilla con Los bingueros: las autoridades juzgan que su trabajo es de baja calidad e inoportuno políticamente, con lo cual este también pasa desapercibido. “Hubo dos réplicas y las dos, desgraciadamente, salieron mal”, comentó García Escudero a García-Rayo años más tarde.

Morir en Madrid se estrenó en España en 1978, envuelta en un gran tumulto, pero no tuvo muchos espectadores: puestos a ver películas prohibidas, los españoles de entonces prefirieron regodearse con El último tango en París o (en un plan menos erótico-festivo) con Por quién doblan las campanas, ambas estrenadas aquí ese mismo año. La censura todavía coleaba, como probaría al año siguiente el caso de Pilar Miró y su proceso militar por El crimen de Cuenca. Entrevistada por Carlos García-Rayo, Nicole Stéphane habría de recordar que Morir en Madrid no sólo molestó al franquismo: mientras las autoridades españolas la acosaban y difamaban, la película fue censurada en la Unión Soviética, donde nunca llegó a exhibirse para el gran público. Ya se sabe: quienes aspiran a señalar injusticias deben asumir que les saldrán enemigos por todas partes.

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